El análisis del lenguaje con el que un Estado justifica la eliminación de niños no es un ejercicio de retórica abstracta, sino un acto de responsabilidad intelectual. La cita que abre esta reflexión —la intervención de Heinrich Himmler en Posen, el 6 de octubre de 1943— no es solo un documento histórico. Es un artefacto de la lógica soberana que, cuando se repite, deja de ser pasado y se convierte en advertencia.
“Llegamos a la decisión moral de hacer desaparecer a este pueblo de la tierra… No nos consideramos con derecho a permitir que los hijos crecieran para vengarse de nuestros hijos y nietos.”
— Heinrich Himmler, Posen, 6 de octubre de 1943.
Himmler repitió esta lógica exacta en Sonthofen en mayo de 1944, declarando que los alemanes no tenían “derecho a permitir que creciera una generación de vengadores llena de odio” con la que habría que lidiar. La estructura del argumento es espeluznantemente simple: el niño no es un niño, es un futuro enemigo. Su existencia no se juzga por lo que es, sino por lo que podría llegar a ser. La muerte del niño no es un asesinato; es una “solución” preventiva a un problema de seguridad futura.
Uno no puede evitar notar que esta gramática no murió en 1945 y tiene la obligación de señalar cuándo y cómo reaparece. En el contexto israelí contemporáneo, declaraciones de funcionarios de alto rango reproducen, con notable fidelidad estructural, la premisa himmleriana: que la existencia de ciertos niños constituye una amenaza biológica o demográfica que debe neutralizarse antes de que se materialice.
El ejemplo más explícito proviene del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir. Durante una discusión de gabinete sobre las reglas de enfrentamiento en la “línea amarilla” de Gaza, Ben-Gvir cuestionó la restricción de disparar solo contra “sospechosos adultos” que se aproximaran a la valla. Su pregunta, registrada en medios israelíes y árabes, fue: “¿Por qué no disparamos a un niño que va montado en un burro?”. La declaración no es un lapsus. Es la formulación operativa de una doctrina: el niño que se aproxima no es un menor en peligro, sino un vector de amenaza que debe ser tratado como tal.
La lógica se profundiza en el nivel discursivo que precede a la acción militar. El diputado Nissim Vaturi, vicepresidente de la Knéset, escribió el 9 de octubre de 2023: “Borren Gaza. Nada más nos satisfará… No dejen a ningún niño allí; expulsen a todos los que queden al final, para que no tengan una resurrección”[citation:3]. En enero de 2025, insistió: “Gaza está llena de terroristas y todo niño nacido allí ya es un terrorista, desde el momento de su nacimiento”. La ontología es clara: el niño palestino no se convierte en enemigo; ya lo es por el hecho de haber nacido. No hay proceso, no hay elección, no hay futuro que pueda redimirlo. Solo hay una identidad dada por el origen.
El informe de la Comisión Independiente de Investigación de Naciones Unidas ha documentado esta pauta con precisión jurídica. La Comisión concluyó que “mucha parte del daño sufrido por los niños palestinos no fue incidental, sino intencionado para destruir la existencia de los palestinos en Gaza como grupo”. Y añadió: “Dado que los niños encarnan la continuidad biológica y social del grupo, la Comisión tiene motivos razonables para concluir que estos actos forman parte de una estrategia deliberada para destruir el futuro de los palestinos en Gaza atacando a sus hijos”.
La conexión con Himmler no es una analogía perezosa. Es un isomorfismo estructural. En ambos casos, el niño es eliminado no por un acto que haya cometido, sino por la función que podría cumplir en el futuro: la de vengador, la de continuador, la de testigo. La soberanía se arroga el derecho de decidir quién merece tener un futuro y quién debe ser borrado para que el futuro del “nosotros” sea seguro.
La única diferencia relevante entre la lógica de Himmler y las declaraciones citadas no es de estructura, sino de eficacia histórica. Una se implementó con una burocracia industrial de exterminio; la otra se formula en un contexto de asedio y bombardeo que, según organismos internacionales, ha producido más de 18.000 niños muertos. La pregunta que queda no es si la lógica es la misma. Es porque, una vez más, elegimos no escucharla.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario